Se quedó sentada en los escalones, contemplando la ciudad de
Molching durante un buen rato. No hacía ni frío ni calor y la tranquila ciudad
todavía se dibujaba con claridad. Molching estaba metida en un tarro de
cristal.
Sólo los separaba el ligero rumor de sus pisadas al
acercarse a la cama y dejar las páginas en el suelo, cerca de los calcetines de
Liesel. Las hojas crujieron. Ligeramente. Uno de los bordes se curvó hacia el
suelo
Y qué amargo (¡y liberador!) sería muchos meses después
utilizar el poder de este reciente descubrimiento cuando la mujer del alcalde
la defraudó. Con qué rapidez olvidaría la compasión, que se convertiría en algo
completamente...